“Hemos llegado al clímax para el cambio”

CARLOS FRESNEDA. Corresponsal @cfresneda1

“La recuperación verde es la gran oportunidad de la UE”, señala quien fuera primer director ejecutivo de la Agencia de Europea de Medio Ambiente

Domingo Jiménez Beltrán. Alberto Di Lolli

Domingo Jiménez Beltrán (Zaragoza, 1944) encontró su lugar en el mundo al oreo del Mediterráneo y en la costa murciana. El que fuera primer director ejecutivo de la Agencia de Europea de Medio Ambiente (AEMA) quiso poner en práctica sus ideas en esa finca en Águilas que se ha convertido en referente obligado de lo que él mismo llama “la autosuficiencia conectada”.

Todo lo aprendido y experimentado en las últimas dos décadas lo ha transplantado ahora a su nuevo proyecto, la Fundación Castillo de Chuecos, con la idea de convertir una finca de 500 hectáreas en algo así como “el Central Park de la sostenibilidad en las regiones mediterráneas”. Desde allí, Jiménez Beltrán, ingeniero industrial y pionero de las políticas de calidad del aire, gestión del agua y conservación de la naturaleza en España, hace un repaso al impacto de la pandemia y al futuro energético para llegar a una conclusión: “Hemos llegado al clímax para el cambio“.

PREGUNTA: ¿La pandemia será un frenazo o un acicate para la transición energética? ¿No existe acaso el riesgo de una marcha atrás con la crisis económica?

RESPUESTA: Parafraseando a Einstein, no podemos salir de una situación con la misma lógica que la propició. Nuestro modo de producir, consumir y vivir es el que ha contribuido a transformar los eventos de la naturaleza en catástrofes. El ‘cv’ (coronavirus) y el ‘cc’ (cambio climático) nos han cargado de razón para acometer cambios ambiciosos y urgentes. Hemos llegado a lo que yo llamo el clímax para el cambio. No podemos volver a la ‘normalidad’ pre-pandemia, ni seguir instalados en el cortoplacismo. La salida a esta crisis es verde. La ecología no tiene que verse como un obstáculo, sino que ha de estar necesariamente en el centro de la nueva economía.

P: Se habla mucho de la “recuperación verde”, pero hasta ahora no hemos visto apenas acción. Como ex director de la AEMA, ¿cuál debería ser el papel de la Unión Europea?

R: La recuperación verde es la gran oportunidad para la UE para liderar el necesario cambio global. Hay propósito, mostrado en el ‘Green Deal’ (‘Acuerdo Verde Europeo’). Hay visión, como puede verse en las hojas de ruta para el 2050. Y hay recursos comunitarios, que se duplican en el Marco Plurianual 2021-27, hasta superar los dos billones de euros… Pero es muy importante que el Plan de Recuperación sea un Plan de Reconstrucción. Y hay que garantizar que las inversiones sean lo más verde posibles y ambientalmente sostenibles, según el nuevo reglamento comunitario, para el evitar el ‘greenwashing’. Los estados miembros están emplazados para presentar su planes nacionales antes del 15 de octubre. ¿Estaremos a la altura? Lo sabremos en esa fecha.

P: La Comisión Europea ha anunciado esta semana el objetivo una reducción de las emisiones del 55% en el 2030 ¿Está realmente a nuestro alcance?

R: Es algo que ya estaba hecho con las líneas marcadas. Y la verdad es que se puede aspirar a más, al 60% que reclama el Parlamento Europeo. Y se puede aprovechar esta oportunidad para impulsar una política común de energía y clima, lo mismo que existe una política común agraria. El objetivo sería consolidar a la UE como el primer Estado Red en versión moderna…

P: Usted aboga por un cambio “disruptivo” en el sector energético ¿Es viable en medio de una situación de crisis?

R: Los sectores energético y eléctrico (a los que se suma también el de la automoción, con la irrupción del vehículo eléctrico) quieren una transición pausada y tranquila, para que no se devalúen demasiado rápido sus activos tóxicos ligados a la economía de carbono. Pretenden ganar tiempo para mantener su posición dominante en la economía descarbonizada, frente al poder distribuido que facilitan las renovables y la autosuficiencia conectada a todos los niveles. La tecnología más disruptiva es la fotovoltaica, pues permite una energía distribuida, sostenible, accesible y segura. A partir de un cierto momento se ha convertido además en económicamente ventajosa y empoderadora de los ciudadanos, frente a los oligopolios energéticos, verdaderos centros de poder (bien llamadas en inglés “power stations”) y demasiado cercanas a los gobiernos.

P: Explíquenos en pocas palabras la “autosuficiencia conectada”, ese concepto que lleva defendiendo y poniendo en práctica desde hace años contra viento y marea…

R: El desarrollo y la diseminación de la autosuficiencia conectada lo he trabajado conjuntamente con Juan Requejo Liberal y ambos lo hemos aplicado también de forma individual. Digamos que es la alternativa al sistema integrado y controlado por los oligopolios eléctricos… Gracias a las tecnologías renovables, todos podemos aspirar a generar energía equivalente para nuestro consumo en nuestro entorno inmediato. En la medida de lo posible, esto debería acometerse de forma conectada y con sistemas mallados, para que sea posible disponer de aportes externos o volcar excedentes.

P: ¿Y no pesa aún el estigma que le pusieron al autoconsumo como respuesta “poco solidaria” frente a la red?

R: La autosuficiencia conectada no es solo más sostenible, sino también menos vulnerable y más resiliente que un sistema centralizado. La epidemia del coronavirus ha mostrado la necesidad de resiliencia de las comunidades locales para un futuro deseable, algo que ya era evidente con el problema del cambio climático… La autosuficiencia conectada permite precisamente crear redes más resilientes, con nodos conectados y con capacidades diversificadas. Una red debería servir para la colaboración, y no para la dominación y la explotación.

P: ¿Ese modelo es válido más allá de las viviendas unifamiliares? ¿Se puede trasplantar a las ciudades y a gran escala?

R: Por supuesto que es aplicable a ciudades y barrios. Ya hay ciudades incluso de un tamaño significativo como Copenhague, cuyos planes de emisiones cero partir del 2025 implican la autosuficiencia conectada a partir de esa fecha. Para las grandes ciudades, la intervención o planificación debe ir por barrios, que son unidades en muchos casos con su propia entidad socioeconómica.

P: Usted se empeñó en poner en práctica sus ideas en su finca en Águilas (Murcia) ¿Hasta qué punto ha logrado su sueños?

R: Mi idea compartida con Ellin (mi compañera noruega) era ni más ni menos que intentar vivir mejor y de una manera sostenible, respondiendo a una pregunta muy murciana: “¿Esto se ‘pué’ hacer?”. Lo que quisimos fue aunar calidad de vida con el uso eficaz y eficiente de recursos y bajo el concepto siempre imperante de la autosuficiencia conectada, algo que logramos en el 2002 y reforzamos en el 2008 con nuevos paneles fotovoltaicos y un generador eólico. Eso nos permitió alcanzar un balance neto, de modo que producir ya más de lo que consumimos (incluida la energía para una desaladora doméstica, que puede convertir en agua potable hasta 10.000 litros extraídos de un pozo playero). La mayor parte del agua la usamos para el riego de una huerta de casi una hectárea, cargada de árboles frutales (naranjos, limoneros, higueras, almendros… y también mangos, aguacates y guayabos). De modo que la respuesta a la pregunta murciana es: “Se puede hacer”. Todo el mundo podría beneficiarse de las ventajas de la autosuficiencia conectada si somos capaces de organizarnos.

P: Y ahora da un paso más allá con el Centro para la Sostenibilidad en las Regiones Mediterráneas… ¿Cómo va el proyecto?

R: Esto es un empecinamiento mío, la gestión societaria de la finca de Chuecos de Arriba, en plena Sierra de la Almenara. Es un espacio bastante grande, de casi 500 hectáreas. Un tercio es bosque mediterráneo, hay asentamientos de la edad de bronce y una fortaleza árabe derruida. Queremos convertirlo en un centro demostrativo, con un proyecto pionero de riego con sol, con aportación de agua de la desaladora de Águilas, mediante el bombeo con energía procedente de dos plantas fotovoltaicas y con un depósito de acumulación. La idea es preservar los canales naturales, respetar la máximo el ecosistema y en todo caso introducir cultivos promisorios autóctonos (olivos, algarrobos, almendros) y otro más adaptados a los rigores del cambio climático (aloe vera, moringa, argán). Estará gestionado por la Fundación Castillo de Chuecos y estamos en fase de captación de “amigos”, mecenas y socios protectores activos. La esencia del proyecto será un campus, con la colaboración de la Universidad de Murcia y la Universidad Politécnica de Cartagena, con la rehabilitación de la casa-cortijo con máximos criterios ecológicos. La meta es sembrar conocimiento del territorio y compartirlo, e impulsar de paso un cambio en los modelos de gestión de los recursos naturales. Algo así como el Central Park del Mediterráneo.

Fuente: El Mundo

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